La muerte amiga de la vida.

 

Psic. Fabiola Cervantes Chávez

Pensar en la muerte es en sí un hecho que nos estremece. Cuando parte un ser querido de nuestro lado o la mascota tan querida u otro ser vivo en quien se tenía puesto un afecto especial, se activan una serie de dinamismos internos que, a menudo producen diversas actitudes, emociones y reacciones que a su vez despliegan la capacidad de sentir y asumir que quienes experimentamos esta serie de sensaciones es porque estamos vivos. 

Aparecen síntomas físicos, emociones, sentimientos, impulsos, desesperanzas, proyecciones, conductas que nos colocan en el polo sufriente y que son reflejadas con tristeza, dolor, frustración, perplejidad. 

Algunas veces son estas mismas experiencias de dolor a través de las cuales se despliegan estas capacidades que existen en otro espacio en nuestro interior, a veces un tanto ausente, porque están más alejadas de la mente y son propias del alma de donde emergen la esperanza, confianza, valor, compasión, afrontamiento, aceptación, adaptación, sentido de trascendencia y hasta estados profundamente amorosos. 

Ambas experiencias que parecerían paradójicas o contradictorias cohabitan en un mismo espacio, propias del dinamismo humano, eso explica e integra a la vez los contrastes de nuestra existencia humana. Hay muerte porque hay vida, es preciso percibir la luz y entender la luminosidad porque hay oscuridad. En nuestra condición material corpórea existe un cuerpo que puede ser saludable y propenso a la enfermedad.

De ahí la importancia de hablar de la muerte como una realidad a la que todo ser humano vivo estamos destinados. Si hablamos de la vida como algo natural y el curso de ella como un proceso vital entonces entenderemos que como parte de este proceso deviene la muerte, “también natural”, luego entonces vida – muerte ¿no serán esencialmente lo mismo?

Tal vez hemos aprendido a temerle porque a menudo la concepción es que la “muerte” separa y la vida, la vida nos da sentido de unidad y nos hace existir que es lo que conocemos, la muerte es el umbral hacia lo desconocido y eso suele causarnos incertidumbre y a veces hasta temor.

Si aprendemos a percibir la muerte únicamente desde la perspectiva del ego el panorama puede ser bastante desolador. Entendamos el ego como esta parte de Yo con características ontogenéticas, evolutivas que le permite al ser humano defender la parte física y corpórea, así como la parte psíquica y mental de las agresiones internas y externas en función de la supervivencia, pero que en algunas personalidades adquiere vida propia y se convierte en un ente terrorífico que adquiere una realidad virtual y paralela en la historia vital humana, haciéndonos creer aquello que de origen no somos.

Este ego es el que le torna a la persona de estos sentimientos de inmortalidad y de grandiosidad permanente, la muerte desde la mirada del ego nos da terror, tristeza, angustia, nos torna agónicos porque es justo con la muerte en donde a la actuación del ego se le acaba su función. Hay de – función del ego.

Bajo este constructo negar, reprimir, o desear excesivamente la existencia de la muerte nos puede desencadenar incluso trastornos severos que a la postre nos harían realmente sucumbir en algo que no deseamos convirtiendo esta fobia en una tanatofobia (miedo intenso, irracional al proceso de morir) típica de temperamentos evitativos, fóbicos, ansiosos, esquizoides o una tanatofilia (deseo o interés morboso hacia la muerte, sus representaciones o simbolismos). Estas actitudes desadaptativas y enfermizas descolocan a la persona de la realidad y le alejan de la verdadera posibilidad de vivir la vida mientras esta transcurre, de vivir el presente porque algunos preceptos tanatológicos lo que presuponen es que se muere como se vive, nos perdemos de los aprendizajes que realmente la muerte nos proporciona.

Desque que nacemos somos seres desahuciados porque desde que nacemos estamos muriendo a algo, un día no es igual a oro, lo que hoy tenía no lo tendré tal vez mañana, lo que hoy viva no será igual el día de mañana.

Asumir y concebir la muerte como “hermana muerte” como lo representaba aquel humilde santo de Asís nos recoloca ante la vida y nos hace obtener de esta realidad su propia enseñanza para nuestra propia vida porque la muerte…

 

    • Nos enseña a desposeernos del eterno presente, del apego a las personas, a las cosas, a las circunstancias que no nos dejan vivir a plenitud.
    • La muerte nos enseña a vivir el presente con consciencia a darnos cuenta que, lo verdaderamente importante no está en lo material que podamos acumular, lo que nos llevamos es lo que hicimos con nosotros y con otros, la bondad, la consciencia, ¿cuánto amamos?, ¿cuánto dimos?, esto nos recuerda lo que Mons. Pedro Casaldáliga  decía: “Al final del camino me dirán: -¿has vivido?, -¿has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres”.
    • La muerte nos enseña a vivir la vida y a ser consciente de todo lo que hay en ella, las personas, la naturaliza, la amistad, la alegría, la paz, la contemplación.
    • La muerte nos enseña que la vida tiene sentido y/o un propósito, encontrar el propio o dejarnos encontrar por él nos permite llegar a conocer que la vida no paso por mí, sino que pasé viviendo y eligiendo sólo aquello que realmente me hizo vivir y que con esto pude tener una vida fértil digna de ser transmitida.
    • La muerte me enseña que el momento es ahora y que la vida es ya, que se precisa dejar de perder el tiempo y energía   transitando las vías de la muerte, los apegos, el consumismo voraz, la dependencia psicológica o emocional a personas y cosas, la perspectiva narcisista y compulsiva de ser vistos y figurar que nos oferta hoy la vertiente tecnológica.
  • El mejor regalo que nos hace “la consciencia de la muerte es la consciencia de la vida”.
  • Por tanto, “es menester aprender a vivir para aprender a morir y aprender a morir para aprender a vivir”. (JTM)




Bibliografía

 

Kübler – Ross Elizabeth. La muerte un amanecer. Edit. Diana

Kübler – Ross Elizabeth. La muerte un amanecer. Edit. Diana

Tappe Martínez José. La muerte como escuela de la vida. Doctor en Medicina, especialista en psiquiatría. Artículo de medicina naturista 014; Vol. 8 – N.º 2: 24-30

I.S.S.N.: 1576-3080



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